“Una herida que no sana”

03-04-2016

Para los mapuches el despojo y la violencia racista fueron la carta de presentación de Chile y los colonos en Wallmapu. Y esa herida tampoco ha cicatrizado. Sigue abierta.

 

Lo acontecido con el caso Luchsinger Mackay reabre una herida que divide, como pocas, a La Araucanía. Una herida que aún no cicatriza del todo. Basta escarbar un poco y sangra. Duele. Enrabia a víctimas de lado y lado. Y también conmueve.
Pocos casos judiciales he visto que polaricen tanto a chilenos y mapuches. No hay medias tintas al respecto. Las posiciones son totales, absolutas. De uno y otro lado. Y ello en nada contribuye a la búsqueda de justicia. O a una sana convivencia interétnica.
Para los mapuches el despojo y la violencia racista fueron la carta de presentación de Chile y los colonos en Wallmapu. Y esa herida tampoco ha cicatrizado. Sigue abierta. Es un dolor y una rabia que se traspasan de generación en generación. Y que cada tanto, sangra. O hace sangrar. Fue lo que aconteció aquella noche con el matrimonio. No, ellos no merecían morir calcinados, suplicando a medianoche un auxilio que nunca llegó. Tampoco, por cierto, merecían morir asesinados Matías Catrileo, Alex Lemún o Jaime Mendoza Collio, todos por agentes del Estado y a mansalva.
Y es que ninguna vida sobra. ¿Será acaso tan difícil de entender?
La reapertura del caso y la detención de los 11 comuneros, cuya responsabilidad compete dilucidar al tribunal y no a las redes sociales, me hicieron reflexionar sobre la violencia. Y la estupidez asociada a quienes, de lado y lado, la siguen justificando como método.
Quiero contarles algo. A las pocas semanas del atentado tuve la oportunidad de visitar la hacienda Lumahue. Y lo hice junto a dos colegas de Associated Press. Uno de ellos, el fotógrafo Rodrigo Abd, premiado ese mismo año con el Pulitzer por su cobertura de la guerra civil en Siria. Autorizados por Carabineros recorrimos toda la propiedad. También charlamos con el cuidador del fundo, un hombre mayor que -entre lágrimas- nos relató lo acontecido. Su dolor más grande, nos confidenció, era la soledad que se apoderó desde entonces del lugar.
No sólo habían muerto sus patrones. Algo del lugar, tal vez una energía, una fuerza, “un newen, como dicen los mapuche”, había partido con ellos, nos dijo. Sí, el cuidador conocía la cultura mapuche. Eran sus vecinos. El mismo, posiblemente, era indígena. Sus rasgos así lo delataban. A Rodrigo, que venía de cubrir el horror de una guerra, le bastó esa charla para entender el fondo del conflicto. “Aquí no se trata de terrorismo”, me dijo más tarde, al regresar a Temuco. “Esto trata de aprender a convivir, de construir comunidad entre blancos y mapuches”, concluyó.
Rodrigo buscaba fotografiar guerrilleros armados y militares en los campos, un nuevo Chiapas, me lo comentó apenas aterrizó en Maquehue. Nada de ello. Sólo los escombros de una hacienda. Y la vida de una pareja de ancianos consumida por el fuego.
Es lo que muestran las fotos que tomamos aquel día.

Disponible en La Tercera.