“Valor público”

¿Por qué tras el triunfo de Chile ante España se desató la ira de tantos? Me resisto a creer que sólo tenga que ver con euforia y alcohol.

23-06-2014

¿QUE PASA por la cabeza de un ciudadano cuando después de celebrar un acontecimiento histórico que llenó de alegría a todo un pueblo decide atentar contra la propiedad ajena y los bienes que nos pertenecen a todos? Me imagino que fue una pregunta recurrente el pasado miércoles por la noche, cuando después del partido en que Chile clasificó a la siguiente fase del Mundial de Fútbol, venciendo de paso al campeón del mundo, se desató la ira de tantos.

Se trata de una respuesta difícil. Más todavía cuando se quiere evitar, por una parte, esa sobrerreflexión sociológica, tan paternalista como condescendiente; y, por la otra, la clásica simplificación que todo lo atribuye al lumpen o a un puñado de delincuentes que aprovechan cualquier oportunidad para hacer de las suyas. Por supuesto que no descarto algo de esto último; sin embargo, me resisto a creer que la transformación colectiva de otros tantos tenga que ver sólo con la abundancia de euforia y el alcohol.

Una cuestión preliminar de contexto, de la que tantas veces hemos escrito e insistido, apunta a ese diagnóstico que describe a una sociedad que acumuló la rabia contra el poder, tanto económico, político y social; crecientemente hastiada por cómo el poder se genera, usa y distribuye. Bajo esta premisa podrían explicarse, nunca justificar o exculpar, el que mucha de esa ira fuera dirigida hacia símbolos del abuso y la agresión social: farmacias, supermercados, carabineros o el Transantiago.

Pero es muy probable también que esos mismos individuos jamás hubieran atentado contra el consultorio donde se atiende su familia, el almacén de la esquina que los abastece del pan para el desayuno, el retén que frente a su plaza cuida a sus hijos o el colectivo que todas las mañanas los lleva al trabajo. La inhibición no se explica simplemente por el temor a ser reconocidos, sino porque en estos últimos casos existe una cotidianidad, propia de la vida en comunidad, que les hacer percibir el valor personal y colectivo que tienen esos bienes y servicios, que pese a ser de todos les nace cuidar y proteger como si fueran propios.

En cambio, la indolencia, falta de cuidado e incluso el desprecio que existe por lo ajeno es también la consecuencia de una dinámica donde sólo hablamos de derechos, pero nunca de las obligaciones correlativas que los informan. Una sociedad cada vez más individualista, obscenamente desigual, donde arrecia la desconfianza y muchos ciudadanos sienten el desamparo de las instituciones y la indiferencia del prójimo, no puede sino conducir a la convicción de que no le debemos nada a nadie.

Los responsables de la destrucción y ensañamiento de la que fuimos testigos esta semana deberían ser duramente castigados, ya que dichas conductas violentan las mínimas normas de convivencia. Sin embargo, para pronunciar adecuadamente esa palabra -“convivir” o “vivir con”- es imperioso recuperar el valor público de todo aquello que subyace a la experiencia colectiva y solidaria.

Disponible en La Tercera.