“Volver al (con) futuro”

Un rasgo decidor de los últimos resultados de la encuesta CEP, es la altísima prevalencia de los ciudadanos que no dicen nada.

21-08-2016

Un rasgo decidor de los últimos resultados de la encuesta CEP, es la altísima prevalencia de los ciudadanos que no dicen nada. Los sondeos de opinión son, entre otras cosas, un esfuerzo por predecir los comportamientos de las audiencias y, aunque son varias las preguntas que reflejan esta incertidumbre, quizás lo más significativo es corroborar que si en agosto del año 2013 sólo el 20% reconocía no tener una preferencia electoral para la elección presidencial, hoy esa cifra se multiplicó por más de tres veces.

Dicho lo anterior, lo que sí sabemos es que ahora, y de manera explícita, entran a jugar dos variables que históricamente habían tenido una incidencia electoral relativamente baja.

La primera de ellas hace referencia a lo que preliminarmente podríamos denominar como “idoneidad”, una palabra donde involucramos temas vinculados a la probidad y la gestión. Es impresionante cómo aumenta la idea de que la corrupción se instaló en toda la clase política dirigente, afectando no sólo de manera transversal a las fuerzas políticas, sino que también a los funcionarios públicos. De la misma manera, que el segundo gobierno de Bachelet sea el peor evaluado desde que se recuperó la democracia, a resultas de la caída en la aprobación de casi todos sus atributos, es el síntoma más dramático de un reproche general a la gestión que hacen las fuerzas políticas y los respectivos partidos que las componen. Si alguien todavía tenía dudas de la crisis de nuestro sistema institucional y su incapacidad para contener y conducir el debate público, esta encuesta muestra un escenario tan deplorable como peligroso.

Segundo, y contrario a lo que muchos han afirmado, el crecimiento irrumpió en la preocupación de los ciudadanos. Sea de manera directa a través de variables como el empleo y la inflación, o también de forma tangencial en la interpretación de otras respuestas, el que las personas afirmen que el desarrollo económico debería ser la segunda prioridad más importante de la próxima gestión, echa por tierra esa seguridad básica estructural que acompañó el diseño de políticas públicas esta últimas tres décadas, transformando hoy en una interrogante lo que antes no pasaba de ser un supuesto.

Si a lo anterior agregamos la histórica preocupación por la seguridad ciudadana, la que parece haberse agudizado de manera tal que incluso afecta a la valoración que tienen los ciudadanos por ciertas libertades básicas -manifestación y privacidad, por ejemplo- el escenario que describo lleva a pensar que enfrentamos una extraña paradoja. Por una parte, los ciudadanos parecieran añorar un cierto orden y normalidad extraviadas -¡se ha valorizado la fomedad! diría una de mis hijas- pero no perciben de manera nítida que las respuestas propias de dicho registro, me refiero a Piñera y Lagos, sean necesariamente las más pertinentes y adecuadas.

Es esa la clave o contradicción más notable que percibo en los resultados de esta encuesta: como en parte volver o recuperar, pero sin los mismos o de manera diferente.


Disponible en La Tercera.