«El mejor camino»

«Un Estado en el cual no hay comunicación entre los ciudadanos, y donde cada uno piensa sus propios pensamientos, es, por definición, una tiranía».

06-01-2020

¿Cómo convencer a quienes tienen dudas de que el mejor camino para el futuro es encauzar las inquietudes colectivas en una nueva Constitución? ¿Cómo persuadir a quienes dudan de cómo votar en abril, cuando escuchan a los promotores del rechazo decir que esto es un salto al vacío, producto de la violencia y los saqueos? ¿Cómo tentar con un nuevo pacto cuando la oposición no es capaz de aglutinarse en un mismo comando para la opción apruebo, desperdiciando la idea de unidad que requiere el momento constituyente que vivimos? ¿Cómo reforzar que la opción viable para garantizar pluralidad y tolerancia en una sociedad es la democracia, cuando el 93% de las personas encuestadas en la «zona cero» de las movilizaciones (Núcleo de Sociología Contingente, U. de Chile) se declara muy insatisfecho o insatisfecho con la democracia, y el 64 % no participa en ninguna organización vinculada a la movilización social?

Cualesquiera sean las respuestas, lo cierto es que vivimos tiempos en que la incertidumbre, fuente inevitable de angustias, se apoderó de nuestra vida cotidiana. Y aunque no es la primera vez que transitamos por ahí, es conveniente buscar caminos que nos permitan ordenar y facilitar nuestra vida común para salir de la desconfianza en la cual nos encontramos y que a ratos inmoviliza.

Hannah Arendt señalaba que toda actividad política se lleva a cabo dentro de un marco de lazos y conexiones, como las Constituciones, que derivan en última instancia en la facultad de prometer y mantener las promesas frente a las incertidumbres esenciales del futuro. Porque un Estado en el cual no hay comunicación entre los ciudadanos, y donde cada uno piensa sus propios pensamientos, es, por definición, una tiranía.

Parte de la crisis en la que nos encontramos ha sido precisamente el incumplimiento de muchas promesas. La vulnerabilidad, el endeudamiento para educarse, la postergación en la atención de salud, el abuso de algunos que gestionan fondos públicos y los privilegios de quienes tienen la factibilidad de saltarse la fila, nos recuerdan brutalmente que unos son más iguales que otros.

El debate constitucional es el momento de reestructurar esas promesas, bajo la certeza de que no existirá otra oportunidad para sanar nuestra democracia. En especial frente a quienes, dese el autoritarismo de derecha e izquierda, esperan el fracaso de este momento porque consideran que la democracia está sobrevalorada, omitiendo el sacrificio que implicó su recuperación.

Como advirtió Eric Vuillard en la «Batalla de Occidente», el olvido no es nada comparado con la blasfemia licenciosa del futuro, donde nada, nada ofrece la certeza de no derivar, algún día hacia lo contrario.

Disponible en La Segunda