“Feminismo radical”

El feminismo no propone excluir a los hombres, sino que incorporar a las mujeres en igualdad de condiciones. Pero para eso debe reclamar de vuelta los espacios que las mujeres perdieron muy al comienzo de la historia.

25-05-2018

No es lo mismo que un profesor haga chistes sexistas en clases a que intente besar a su ayudante. Es menos grave que a una la traten de mijita en una reunión a que le paguen 30% menos que a los hombres por el mismo trabajo. Es preferible soportar una grosería que una violación. Y es ciertamente muy distinto que una mujer pueda entrar gratis a una discoteca sólo por ser mujer a que sólo por ser mujer -típicamente para castigarla porque no se comportó como una ‘buena mujer’- la maten.

No hay que explicarles esto a las estudiantes feministas. Ni pedirles que se calmen y dejen de mezclar peras con manzanas o crímenes con galantería. Furiosas y todo, lo entienden perfectamente.

Lo verdaderamente radical del feminismo no son sus modos de protesta, sino el profundo cambio cultural que propone y las transformaciones que promete a nuestras instituciones y formas de vida. El resultado de haber excluido por siglos a la mujer de los espacios de toma de decisiones y de creación del conocimiento ha sido que las reglas de nuestra convivencia e incluso nuestras maneras de mirar las cosas estén profundamente sesgadas y sean ciegas a las experiencias, aportes y necesidades de las mujeres. Eso empobrece la vida de los hombres y perjudica dramáticamente a las mujeres.

El feminismo no propone excluir a los hombres, sino que incorporar a las mujeres en igualdad de condiciones. Pero para eso debe reclamar de vuelta los espacios que las mujeres perdieron muy al comienzo de la historia. Si las feministas reclaman con igual convicción contra los femicidios y contra los micromachismos no es porque no distingan la diferente gravedad de los actos específicos ni pretendan castigarlos de la misma manera. Es porque el cambio cultural empieza por visibilizar la deshumanización de la mujer que subyace a ambos fenómenos.

Cuando los hombres por lata recargan de trabajo doméstico a las mujeres de su familia; cuando las mujeres pierden el derecho a opinar en la casa porque no tienen ingresos propios; cuando los hombres critican el cuerpo de las mujeres porque no cumple con los cánones de belleza que ellos definen, o se ofenden si las mujeres usan su cuerpo para defender causas políticas y no para recibir aprobación masculina; cuando por pasar un buen rato destruyen gratuitamente a una mujer con un video en redes sociales; cuando prefieren el espacio cómodo del club de Toby que integrar al trabajo a una profesional mejor capacitada; cuando descargan sus frustraciones violentando a las mujeres y prueban su hombría quitándoles la vida; en todas esas situaciones se revela el peor efecto que tuvo para las mujeres el hecho de no haber participado públicamente en la tarea de escribir la historia. Quedamos relegadas a un estatus subordinado que permite que nos falten el respeto. La igualdad se exige para que eso cambie. Radicalmente. Ahora.

Disponible en La Tercera