Personalización de la política: reflexiones acerca de sus causas

«La predominancia de este discurso en la sociedad chilena nos remite a una clásica pregunta de la filosofía política y la ética: ¿Qué es preferible: un gobierno de buenas leyes o de buenos políticos? Lo que se juega en la respuesta a esta pregunta es si como comunidad política privilegiaremos la forma en que se ejerce el poder, o quién lo ejerce»

22-04-2021

En el estudio de Espacio Público e Ipsos “¿Cómo vemos el proceso constituyente? Miradas a un proceso histórico”, se puede apreciar una fuerte tendencia en la población chilena a privilegiar trayectorias vitales de las autoridades públicas por sobre programas políticos. En los focus group, tanto en personas que votaron apruebo, rechazo o no participaron del plebiscito de octubre, como también en todos los segmentos etarios y niveles socioeconómicos, el principal temor que se expresaba respecto del proceso constituyente era que la nueva constitución la redacten “los mismos de siempre”, basado en una fuerte crítica y desconfianza hacia la élite.

Estos discursos implican la moralización de la política y la consolidación de visiones normativas, maniqueas, que dividen al mundo entre ciudadanos comunes, por una parte, y los políticos, por otra. A los primeros se les asignan valores y virtudes, mientras que a quienes han desarrollado una carrera política se le atribuyen conductas y características despreciables, fundadas en una desconfianza basal. Esto es una visión compartida en la población que demanda una renovación de personas, sin importar los déficits institucionales o de contenidos políticos que existen actualmente en nuestro país.

“Yo creo que ya no existe gente de derecha ni de izquierda, aquí existe la clase política y el resto” (votante del rechazo, 55-65 años, segmento C1C2).

Las personas señalan, además, que los candidatos y candidatas a la convención constituyente deben tener una serie de atributos que, para la decisión de voto, son mucho más relevantes que la identificación política o las propuestas de contenidos que desean llevar a la constitución. Entre ellas se cuentan, por ejemplo, la coherencia (que la persona haga lo que dice), las habilidades blandas (una persona cercana, empática, y que se muestre accesible a la población) y la integridad (que no esté involucrada en escándalos políticos o personales).

Sabemos que se trata de un catálogo de atributos que difícilmente una persona pueda reunir, pero dice mucho de la selección de éstos que no aparezcan cuestiones programáticas. Las ideas, en el ámbito político, parecen haber pasado a un segundo plano, secundando a las características personales, en la determinación de la idoneidad para ocupar cargos públicos o de representación.

“Los que ya conocía obviamente los despaché inmediatamente hacia el lado, hacia el costado, y los que no conocía empecé a averiguar, averiguar y averiguar” (votante del apruebo, 25-45 años, segmento C3D).

“Debería ser excluyente (que participen políticos en la convención constituyente) porque ellos ya están ahí, y si ya han estado ahí y no han tenido los resultados que nosotros deberíamos querer y tener pa’ nuestro país, ¿por qué siguen estando ahí? ¿Por qué, después de todo lo que tuvimos que pasar para llegar a este punto, tienen que volver a ser ellos? Debería ser absolutamente excluyente” (votante del apruebo, 25-45 años, segmento C3D).

La predominancia de este discurso en la sociedad chilena nos remite a una clásica pregunta de la filosofía política y la ética: ¿Qué es preferible: un gobierno de buenas leyes o de buenos políticos? Lo que se juega en la respuesta a esta pregunta es si como comunidad política privilegiaremos la forma en que se ejerce el poder, o quién lo ejerce. Al parecer, los chilenos y chilenas estaríamos inclinándonos por la segunda opción, en la que se exacerba la importancia de los atributos de personalidad de los políticos, y no su competencia, sus ideas o programas.

¿Habrá una confusión en la sociedad chilena? ¿Indecisión producto de los casos de corrupción conocidos en los últimos años y el anquilosamiento de la élite política? ¿Un ajuste de cuentas quizás? En la actualidad, según Pierre Rosanvallon, una de las formas de reapropiación del poder por parte de la ciudadanía es la capacidad de fijar las conductas esperadas de los gobernantes. Esto ocurre por la imposibilidad que tiene la población de “tomarse el poder”, más allá de la posibilidad de elegir a las personas que nos gobiernan. Esa imposibilidad se denomina asimetría estructural de poder, ante la cual fijar las normas de conducta de los gobernantes se vuelve una forma de expresión del poder de la ciudadanía. Pero, ¿qué ocurre si los gobernantes no han acatado esas normas y, peor aún, ese incumplimiento queda en la impunidad? ¿Puede ser la frustración respecto de esta expectativa la causa de esta moralización de la política? La  sociedad chilena podría estar frustrada, dolida, resentida con los actores políticos. Un 50% de las personas que no votaron en el plebiscito de octubre señalaron en la encuesta de este estudio que lo representaba mucho como razón para no votar la frase “estoy decepcionado o no creo en los políticos”.

Ante esta expectativa frustrada es posible hacerse otra pregunta, acerca de la forma en que los partidos y actores políticos que han sido protagonistas de la escena política chilena en los últimos 30 años han buscando reparar el quiebre existente entre ellos y sus representados, a quienes parecieran no conocer.

Revertir esta tendencia tomará tiempo. Dependerá, entre algunos factores, de la capacidad que tengan los gobernantes y representantes de diseñar mejores mecanismos de control ciudadano sobre su conducta y la gestión pública, de la existencia de esfuerzos consistentes por parte de las elites de comprender el descontento, y de la capacidad de construir espacios de participación política que permitan que aquellos que han sido afectados por las desigualdades existentes puedan ser parte de la discusión política.

Publicado en Ciper.