¿Qué hace a un tema constitucional?

«Una Constitución no es una varita mágica, pero un proceso constituyente puede ser más poderoso que ella»

28-04-2021

Muchas personas me comentan con preocupación sobre la dificultad que implica escribir una Constitución desde cero y me preguntan qué temas son constitucionales y qué materias deben ser dejadas para ser resueltas en el Congreso o para ser presentadas en un programa de gobierno. En realidad, no existe algo así como un listado predeterminado de materias que una Constitución deba necesariamente regular. Pero la mayoría de las constituciones actuales coinciden en incluir ciertos temas y podemos asumir que estarán incorporados en la nueva Constitución. Típicamente se trata de reglas que configuran la forma del Estado y distribuyen competencias a sus órganos, así como derechos básicos de las personas que el Estado y sus leyes deben respetar y garantizar.

Las constituciones son más difíciles de modificar que las demás normas, por lo que no es buena idea constitucionalizar políticas que deben ser revisadas periódicamente. Aunque sea contraintuitivo, no siempre lo que una sociedad valora como muy importante está regulado por la Constitución. Cuando lo más importante ya se tiene y no parece estar en riesgo de perderse, basta con la ley. En Canadá el derecho de propiedad no es menos valorado que en otros países occidentales, pero no se incorporó a la Constitución porque la protección legal del derecho funcionaba perfectamente. Hay estados de bienestar europeos que dicen poco sobre derechos sociales en sus constituciones, y mientras la seguridad social esté asegurada probablemente no existirá una demanda por constitucionalizar esos derechos.

Nuestra realidad es diferente. En Chile el proceso constituyente está cargado de esperanzas de una mayor igualdad que se concrete en una cobertura digna de derechos sociales y en un trato respetuoso. Los queremos en la Constitución para recordar que esa es la meta y obligar al Estado a encaminarse a ella. Después del estallido esas demandas siguen siendo, si ya no invisibles, sí subestimadas por las élites, como demuestra un reciente estudio del COES. No solo es insensible, sino que también políticamente equivocado, responder a estas demandas diciendo que hay que bajar las expectativas y que la Constitución no es un árbol de pascua, si el minimalismo no es una invitación a redefinir las prioridades en conjunto sino una excusa para poner barreras a las demandas de los que por primera vez se sientan a la mesa.

Una Constitución no es una varita mágica, pero un proceso constituyente puede ser más poderoso que una. Un diálogo profundo, sin jerarquías mediante, con mujeres y pueblos originarios, debiera cambiarnos a todos para mejor. Definir qué debe incluirse en la Constitución es solo una parte del proceso. De él podría nacer una nueva forma de reconocernos como comunidad, la confianza que reemplace el ánimo defensivo. La Constitución puede ser una puerta para entrar a una sociedad en que nadie quede al margen.